Por lo menos tengo muy claro donde no quiero estar.
martes 29 de julio de 2008
viernes 11 de julio de 2008
Río y mar

Me asomé al borde del puente de piedra. Un río de negras y brillantes aguas corría a mis piés. Oí alguien corriendo detrás de mi, y un desconocido se lanzó por el puente, sumergiéndose en las aguas de reluciente obsidiana. Escuché chapoteos, vi algún movimiento en las oscuras ondas, pero nadie salió. El hombre sonreía, cuando se zambulló. No era nada triste o preocupante lo que había presenciado. Así que me dí la vuelta para observar el otro lado del puente.
Estaba bañado por el sol y en él se acumulaba la gente como buscando el calor y la luz. Reconocí algunas caras entre los grupos, caras antiguas, caras que nunca fueron excesivamente familiares, por eso les reconocí, les saludé, no sin cierto entusiasmo, pero seguí mi camino sin entretenerme. Al otro lado del puente se veía el infinito mar azul.
Seguí andando hasta llegar a un lugar parecido a una playa, el pretil del puente había desaparecido y en su lugar había un ligero descenso con algunas rocas ocultas debajo de la dorada arena. Había gente nadando mansamente. Descubrí algunos de esos trozos de cristal verde que el agua pule y desgasta y luego envía a la orilla para deleite de los niños, y de aquellos que aún tienen algo de infancia e ilusión en los ojos. Los había también de un brillante amarillo, y me acerqué.
Un desconocido nadó hacia unas rocas areniscas y vi como escogía en ellas de entre varios cristales de amatista que descansaban semienterrados en la arena. Tomó el más hermoso, y me lo ofreció. Le di las gracias en un murmullo que casi se perdió cuando el hombre se alejó nadando con una ligera sonrisa en los labios.
Debajo de un saliente me pareció ver un hermoso cristal con brillos negros, ocres, ambarinos.... semioculto entre la arena. Tiré de él y una hermosa construcción de cristal, cilíndrica en un lado, llena de aristas de cristales minerales en el otro, efectivamente negra, ámbar, marrón, conteniendo pequeñas conchas, caracolas, erizos y estrellas de mar, todos del color del marfil, me saludó goteando agua salada en mi mano, brillando al sol.
Estaba bañado por el sol y en él se acumulaba la gente como buscando el calor y la luz. Reconocí algunas caras entre los grupos, caras antiguas, caras que nunca fueron excesivamente familiares, por eso les reconocí, les saludé, no sin cierto entusiasmo, pero seguí mi camino sin entretenerme. Al otro lado del puente se veía el infinito mar azul.
Seguí andando hasta llegar a un lugar parecido a una playa, el pretil del puente había desaparecido y en su lugar había un ligero descenso con algunas rocas ocultas debajo de la dorada arena. Había gente nadando mansamente. Descubrí algunos de esos trozos de cristal verde que el agua pule y desgasta y luego envía a la orilla para deleite de los niños, y de aquellos que aún tienen algo de infancia e ilusión en los ojos. Los había también de un brillante amarillo, y me acerqué.
Un desconocido nadó hacia unas rocas areniscas y vi como escogía en ellas de entre varios cristales de amatista que descansaban semienterrados en la arena. Tomó el más hermoso, y me lo ofreció. Le di las gracias en un murmullo que casi se perdió cuando el hombre se alejó nadando con una ligera sonrisa en los labios.
Debajo de un saliente me pareció ver un hermoso cristal con brillos negros, ocres, ambarinos.... semioculto entre la arena. Tiré de él y una hermosa construcción de cristal, cilíndrica en un lado, llena de aristas de cristales minerales en el otro, efectivamente negra, ámbar, marrón, conteniendo pequeñas conchas, caracolas, erizos y estrellas de mar, todos del color del marfil, me saludó goteando agua salada en mi mano, brillando al sol.
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