
El martes pasado no podía más, me rompía, estallaba en mil pedazos y mis propias lágrimas se llevaban los minúsculos restos lejos de mi misma.
A la mañana siguiente busqué los antidepresivos, y me tomé uno, decidida a empezar el proceso otra vez.
Por la tarde empecé a marearme y me dolía la cabeza.
Y lo supe.
Recordé la carta.
No voy a tomarlas, no quiero un paliativo temporal para que la rotura duela menos. Voy a vivirla, hasta las últimas consecuencias, sólo así podré crecer, sólo así podré aprender. No deseo cerrar, si no abrir, incluso las heridas, para lavarlas y sanarlas. El alma, para dejar que se derrame todo lo que en ella quedó enquistado y doloroso. La mente, para dejar entrar nuevas posibilidades y mostrarme un camino diferente para la mujer que siempre estuvo ahí, pero que tantísimo tiempo ha vivido oculta dentro de cientos de trajes diferentes.
Quiero llegar al fondo de mí misma, y si eso duele aprenderé también de ese dolor.
El proceso es agotador, desgarrador, pero se trata de eso, de un proceso, y no puedo engañarlo tomando pastillitas, no puedo, y no debo.
Cuando un gusano se convierte en mariposa también es muy traumático, sin duda. Y en nuestra vida vamos siendo gusano y mariposa innumerables veces, protagonizando rompimientos y renacimientos constantes.
Avanzando, hacia mi. Deseo encontrarme, y no puedo estar adormilada para eso.


